Canción de amor
a un hijo, a una patria.
a las razones políticas de un sueño.
D
Esta oscuridad que respiran tus ojos
es la noche.
Esta ternura con tacto de arena y suave viento,
este plato con migas lácteas
donde la quietud bebe pequeños gritos de estrella,
este silencio que es garganta,
esta cama
donde la noche guarda huesos.
Hijo mío, detén la angustia de tu carrera.
Olvida las pisadas que te hostigan.
Deja que el día se cierre encima de tus ojos.
¡Que las constelaciones aborden tus párpados!
¡Que la luna encienda velas con su aliento!
La claridad ha de inflamar esta noche a tus veleros
Zarpa hacia la luz,
que hay agua en las maneras de la luna
y en esa arena que resbala desde adentro tu mirada.
Cristales heridos
caen en tus ojos de esclusa,
de manantial abierto a las ensoñaciones.
Tu almohada es un atracadero…
penetrando esa mar iluminada de espinas,
húndete sin prisas.
Lento, como el torso de un galeón a la deriva.
No temas al abismo…
a la oscuridad sin fondo de los ojos cerrados,
que yo seguiré en la orilla,
viendo tu sueño iluminar el precipicio.
E
No tengas miedo a la noche
y el silencio de metrallas agazapadas.
Grandes son los pisotones
que los perseguidores activan sobre el agua,
pero esos pies no caben
en las sandalias de tus ojos cerrados.
Moja tu sueño en el rocío blando
Desliza su alivio por tus sienes
Olvídate de angustias,
suelta las amarras de tus manos
que mi corazón de luna abierta
guarda de peligros tu descanso.
Sueña un pez en cuarto creciente…
No dejes a tu anhelo interrumpir su nado.
S
Con la vejez se aprende a entender la calma,
adviertes ambos lados de una cara.
Los dobleces donde se esconden las espinas,
la huella de dos dentaduras,
sumergidas en un mismo líquido de parto.
Escucho el murmullo letánico de la corriente,
su garganta funeraria,
responso del agua que te sumerge.
Agua con gestos doloridos
bajo la superficie de tu cara.
La pavura del sueño te estremece,
sudas blancamente,
nadas el fiordo agitado de tu espanto.
Angustias en el callado rompeolas de mis manos.
Pero no hay cardúmenes en mi voz para tocarte,
No interrumpo tu trance,
aunque conozco la voz de tu consuelo,
el canto de calma
para tu mar alebrestado.
Nada ha de mojar mi música en tus tempestades-
Retuerces
pulmones sin pez
alrededor de un sueño malo.
Yo podría arrullarte hijo mío,
mecerte a puro canto.
Besar ojos
con rocío de paisajes justos,
respirados en armonía con el vuelo libre
que predicen, antes del alba, tus pájaros.
Pero no puedo despertarte,
En mitad de un sueño desdibujado,
en mitad de un sueño malo.
P
Quisiera tantas cosas fértiles para vos
Esperanzas cultivables con palabras.
Servirte la mesa con una patria distinta,
con otro amor de fruta dispuesta a alimentarte.
Quisiera darle pasto a tus oraciones tiernas.
Labios que conjuguen racimos de buenos vientos,
lluvias oportunas,
días claros persiguiendo manadas de mañanas florecidas.
Pero hay un reloj goteando en cada madrugada,
en cada rotación del universo
donde el uniforme rebaño de los días parece que abrevara.
Clepsidra que se derrama
en el espejo repetido de las aguas.
Mismo dolo, misma ausencia de justicia,
mismo salpicar de portadas y patrañas.
E
Sigue durmiendo, soñando…
Domestica al potro que cabalgan tus anhelos.
Vuélvelo dócil como los caminos…
Todos los caminos te conducirán a la tierra,
esa es la eternidad del silicio.
Nada nos pertenece salvo el polvo,
fue la tierra quien un día quiso volverse carne,
fue el miedo del hombre
a las fauces que rondan fuera
quien nos volvió adobe.
Barro elevado de la tierra,
tejas pasadas por fuego
para contener la inclemencia del agua,
para guardar la fragilidad de la carne.
Luego vinieron aldeas
Pueblos comarcas, regiones,
renglones dando forma al torso de la patria.
Pero esa patria te fue negada.
Comprada fue por otras manos,
subastada, tasada, rematada
y heredada a otros hombres
con nosotros dentro como ratas.
Patria de otras y para otras manos.
Manos que poseen
y compran y encadenan.
Manos nacidas para la subyugación y la guerra.
R
A la casa le nacieron barrotes
en el sitio de los paisajes de ventana.
los artesones de los tejados pobres
fueron fauces abiertas,
con ansiedad de cebarse
en las cabezas de aquellos mordidos por el hambre.
Los amos -las manos de los amos-
tienen todas las llaves.
Encadenan a los colmillos del hambre,
heredaron los secretos.
Ellos conocieron siempre la combinación
y las cerraduras de los bozales
que encadenan la necesidad
y aprendieron a soltarlas a su tiempo
sobre los huesos frágiles de los desposeídos.
T
Enorme es la bestia que muerde los estómagos sin alimento.
Mayores son los amos de esa bestia,
mayores las huellas reptantes
que escapan a la seguridad de sus mansiones,
al cielo abierto de sus colonias con vallas electrificadas,
a sus balcones forjados con dientes de perro.
A sus jaulas tapizadas con retratos de culebra.
Una ley cortada por un sastre
arropa disgustos.
Los amos se refugian en inmunes puestos públicos,
en insustanciales comisiones
y consejos,
en dependencias, ministerios,
secretarías, congresos,
poderes del estado…
y en otros laberintos- madriguera
donde mudan de piel cada cuatro años.
A
Cuando los amos mudan de piel,
llueven afiches con sonrisas bobas
y llueven meados, y saliva vacua.
El suelo se enloda de slogans y spots publicitarios.
Tonaditas electorales ensucian la paciencia del viento.
Sombrerazos finos de patrón
abanican el olor a faena de los hombres del campo.
Este es el tiempo de jugar al árbol de las promesas,
a las necesidades no cumplidas,
a descubrir el escondite, de otros amos,
en agujeros de bolsillos fiscales
o en anaqueles de hospitales,
que se quedaron solos prematuramente.
Vuelven para prometer lo que no cumplieron
y que luego también incumplirán
para seguir prometiendo
al infinito.
Un follaje de mentiras
les camufla y alimenta.
Un forraje que todos rumiamos sin decir palabra.
R
Cuando se acaba el estribillo
y un remolino de escoba levanta el último desperdicio.
Los amos despiertan.
Retoman su puntualidad de sicarios.
Buscan lentamente
los apriscos de sus rabiosos animales.
Despacio, sin apuros,
con toda calma
vuelven a desamarrar el hambre y sus voracidades.
E
Que no te despierten estas cosas que digo,
hijo mío.
Es tu deber seguir soñando.
Aleja sus besos de brea,
su lengua pútrida que por decreto nos asfixia.
El abrazo indeseado de las alimañas.
Coloca un sello de ceniza en sus peligrosas bocazas,
que no manchen tu sueño con palabras de dos caras.
Sueña de frente,
¡jamás dándoles la espalda!
M
Almácigo de víboras
son las escuelas de los hijos de los grandes señores.
Arriate de fauces dispuestas al canibalismo.
Herederos de colmillos y cicatrices,
patrias, bozales, fieras
con sus respectivos manuales.
Heredaran también las poses, los whiskeys, las barrigas,
las haciendas, las empresas, las televisoras,
los curules, las magistraturas,
los diplomas universitarios.
En estas escuelas se forjan los fierros
que un día arderán las ancas de la patria.
Aquí los nuevos amos,
los futuros dosificadores de espanto
se preparan para la guerra.
Cuídate de ellos, aprende a identificarles,
aprende a dibujar el olor de sus casas,
aprende la memoria del sabor de sus alimentos en lata,
las páginas donde cumplen años sus señoras .
Nunca te fíes ni del fotoshop, ni de su ortodoncia,
sonrisas precediendo dentelladas,
apretones de manos,
abrazos de escorpión sosteniendo su bocado.
Colas de alacrán componen su bandera,
aguijones desnudos
de hijos educados para comerse a su madre.
O
Es necesario soñar otra bandera hijo mío.
Arriar el cielo entero si es preciso,
hacerlo que confiese la naturaleza de su lampo.
Interrogarle sobre su inútil hermandad con una nieve
que no conocemos.
Vamos a hacer un emblema con vuelo de pájaros
con olor a selva,
a caracol, a tierra,
a maíz cocido
bajo la orden de levántate y anda.
un pabellón con raíces y alas,
músculos y nervios,
canto de agua y sabiduría de camino.
Queremos flamear semillas y amaneceres.
Una insignia que también sea alborada
-sueños de hijos
durmiendo a salvo de las balas.-
¡Oh bandera sin vocación de mortaja,
sin alma de sudario
Son tantos ¡oh! tus hijos asesinados.
Necesario es soñar otra divisa hijo mío.
No vuelvas de tu sueño sin su aletear vigoroso.
Déjala arropar a los hermanos bajo un ala.
Una bandera que gobierne al viento
y no aquella
nacida para la grama,
hija de un falso amor patrio
que solo germina en los estadios,
donde manadas sin cabeza
nos regalan alegrías tuncas,
felicidades inconclusas de gargantas
al tiempo que afuera
-quiero decir en grandes hoteles,
de grandes ciudades,
de grandes países-
los amos directivos,
de espaldas a nuestras lágrimas contentas,
contentos
cuentan
cuentas
de collares bancarios.
S
Pero sueña con furia, hijo mío.
destroza con bilis estas calamidades.
Antes que amanezca…
Antes de otro día enredado en sinrazones.
Con los horcones de tu sueño
y con este amargo cieno y esta dilatada hebra
que reprocha mi canto,
construiremos,
en el torso estriado de la vieja patria,
adobes vivos,
la piel y la carne de la nueva casa.
Bairon Alfonso Paz Fernández.
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